Esta no va a ser una película de éxito. No va a resultar una de esas pesadas experiencias en las que esperas con gran interés acudir a una sala de cine para ver una película, y te toca escuchar la robótica voz metálica del otro lado de la taquilla diciéndote que la sala “está llena”. Esta vez no.
Ir a ver “Los Idus de Marzo” supone un ejercicio previo de elección y de aceptación: vas a ver una película sobre política. Y hoy en día, lo cierto es que nadie quiere verle la cara a un político, y menos aún si encima tiene que pagar para hacerlo. Así que nada, fila centrada, sin 3D y sin niños petardos.
George Clooney, célebre responsable de esta cinta nominada al Oscar al mejor guión adaptado y que contó además con otras cuatro candidaturas para los Globos de Oro, se hace cargo de una historia por la que podrá aspirar a ser reconocido por su magnífico trabajo, que realmente lo es, pero no se llevará en ningún caso públicos simpáticos y alegres por aquello que habrán visto.
“Los Idus de Marzo” es una disección muy profunda y acertada del sistema político actual, de la sangre y la bilis que corre por Estados Unidos y por el resto del mundo. Desde el sudor que se segrega por los poros de la sociedad, hasta los jugos gástricos y los fluidos de las entrañas del poder político. Mayormente, el de su sistema excretor (tan funcional como asqueroso).
Ryan Gosling es Stephen, mano derecha de Paul Zara (Philip Seymour Hoffman), director de campaña del candidato demócrata Mike Morris, papel interpretado por Clooney en el film, en las primarias del Partido Demócrata. Joven, apuesto, inteligente y hábil estratega, este perfecto asesor cree de manera incondicional en su jefe. Ingenuo y seducido por una becaria (como no podía ser de otra manera hablando de política estadounidense), irá pudriéndose en la transformación que todo político debe pasar cuando llega a un cierto nivel: la pérdida de sus propios principios y sus valores.
La mano de George Clooney tras la cámara se nota en un mundo en el que suele haber pocas luces, demasiados destellos, algún cañón de luz, y muchas, muchas sombras. Así lo muestra formalmente, como en la memorable secuencia a contraluz con Hoffman y Gosling discutiendo tras la gigante y gloriosa enseña de barras y estrellas en el backstage de un mitin. La “cara B” del discurso político que es pan nuestro de cada día. La que no nos enseñan, la que ahora más que nunca queremos ver.
La cinta se sostiene con una acertadísima elección de reparto, encabezado por un intenso y central Ryan Gosling, siempre bien en todas sus ligeras mutaciones de matices, un Clooney que no se perturba al dar un paso atrás en la escena, con un personaje enmascarado tras la figura de un “bonito de cara”, y los dos pilares maestros a cada lado de la historia, los siempre grandes Philip Seymour Hoffman y Paul Giamatti, como jefes de campaña de los dos candidatos demócratas aspirantes a ganar la carrera hacia la Casa Blanca en las elecciones primarias del Partido Demócrata.
De la delicadeza de Clooney en la dirección se sacan muy buenas conclusiones, como el tratamiento de temas claves como el aborto o el suicidio, y la sutileza con la que los incluye en el film. Aspectos por los cuales uno pudiera sentirse perdido en la narración, pero que el director los utiliza como artimaña para hacer patente su elegancia en la crítica, pero no por ello deja de ser menos profunda y certera. Una demostración de que se pueden decir muchas cosas sin necesidad de alzar el tono de voz. Que uno puede mojarse sin peligro de exponerse a coger una pulmonía al quedarse al aire.
“Los Idus de Marzo” es una película donde en verdad no hay personajes “buenos”, cosa que suele ser habitual en el plantel de nuestra realidad política. Se trata de un alegato político a la sociedad; y un alegato social a lo político. Porque quizá lo mejor que debería hacer un político cuando no sabe qué tiene que hacer (y no tiene a nadie cerca para que se lo diga), sería no hacer nada. Pura lógica.
Pero no, ellos son políticos... así que hay que aceptarlos tal y como son. De profesión: mentirosos. Deformación profesional que se llama (nunca mejor dicho en esta ocasión).
Es en los valores que se muestran, y en la ausencia de ellos, donde está el mensaje de esta historia.
Da igual quién gane al final estas elecciones, ni quién es el otro candidato rival. Ni cómo serán los republicanos a los que deberían disputar las presidenciales. Ni siquiera es importante si nos interesa un mínimo la política de los Estados Unidos. Lo único que te importa es ir esperando a ver la caída en el fango de todos y cada uno de ellos (incluído el cuarto poder: la prensa, que también caerá). Sabes que todo esto va a ocurrir, tarde o temprano. Al igual que sabes que un mago esconde sus trucos, también esperas que estos políticos te acaben traicionando y dejándose ver a la luz de la realidad.
Lo resume perfectamente la afirmación de Frank Sinatra en el final de “Angel eyes”, que Clooney cuela en al final de una de las secuencias clave de la cinta. La frase con la que se van los ingratos, la que nos deja la definición de su existencia. La única que tenemos que recordar cuando nos encontremos con un político. Detrás de sus palabras, de su buen traje y su sonrisa, sonará de fondo sobre sus pisadas aquello de “Excuse me while I disappear ...” Y no nos habremos equivocado.
Y caer. Planchado sobre el suelo, aplastado por la gravedad. Atrapado por la fuerza de la atracción de la Tierra sobre tu cuerpo y por la repulsión sobre el resto de las cosas. Presionado para sentirte el elemento más insignificante que se aposta pegado a la faz de la Tierra.
Con la cara sobre el suelo, la mueca de rabia sobre tu rostro. Y los llantos no sé si de impotencia, de vergüenza o de bochorno, que recorren sangrantes los surcos de la piel fría y las arrugas del asfalto abrasador. Tratas de sacudirte y desperezarte de esa fuerza. De soltarte. Ganar espacio para poder revolverte y mover el cuerpo para saber a lo que te enfrentas.
Entonces un brazo te jala por la espalda y te zarandea como si tu peso y tu valor fuesen el mismo: ninguno. Mis ojos rojos arañan la rabia, y enaltecidos por el sentimiento de quien no tiene ya nada más que perder, jalean la posibilidad de hacer cualquier cosa que no pareciera posible. Entonces la mano de ese gigante te gira en el aire, suspendido a varios metros del suelo. Y lo ves (aunque no quieras hacerlo). Eres tú mismo. Y entonces ya no te quedan más fuerzas, y te desvaneces. Me desmayo. Se acabó.
En el lavabo, el grifo abierto te despierta de un viaje que pareciera haber durado unas cuantas horas. El agua recogida sobre él es puro hielo, y su golpe sobre la cara te abre los ojos como si te hubieran dado una hostia. Salpica la sangre, incolora, inolora. Insípida. El cristal del espejo, ajado y sucio, desvela mi cara, enrojecida por el golpe y por la desazón de verme en una situación tan lamentable.
Elevo la mirada y ahí está él. Yo. En el espejo, ahí estoy. Ese grandísimo hijo de puta que no deja de mirarme, clavado sobre mis ojos, aunque trate de evitar su mirada con todas mis fuerzas. Fuerzas que son pocas (cada vez menos), pero que tienen el valor suficiente (o la arrogancia) de no querer mirar lo que los otros ojos miran.
Huyo lejos del reflejo, agachándome lo más que puedo dentro del charco de agua del lavabo. No sé si estoy despierto o si estoy dormido. Ni a qué estoy esperando. Solo tengo la certeza de que no sé qué hago aquí. Por qué estoy así. Dónde me encuentro, y dónde podrá venir alguien a recogerme cuando quiera sacarme de este lugar. Es bastante improbable que esto ocurra, lo sé, ya me he dado cuenta después de tanto tiempo de cautiverio. Solo quiero que llegue el momento de irme a dormir (o lo más parecido que haya), y no tener que volver a abrir los ojos nunca más.
No tener que preocuparme de que habrá otro momento en el que me tendré que despertar para enfrentarme al mundo.
Ya estoy hasta los huevos de deshacer la cama y tener que volver a hacerla tantas veces seguidas. De tener que construir para volver a destruir acto seguido. De crear el castillo inexpugnable y ambulante cada mañana, cuyas líneas de escritura tienen los puntos en blanco para acoger el nombre del (la) propietario (propietaria), que será la encargada de enfadarse conmigo porque no le gusta la decoración.
Me cansa tanto tráfico de influencias. Tanto “se alquila” sin fianzas. Tanta seguridad del “quiero y no puedo”. Y ya no puedo más. De verdad. Todo tiene su límite, aunque yo no lo he conocido ni lo conoceré. Cuando éste viene a buscarme me doy la vuelta, como un malo interesante de película. Entonces sorbo un buen chorro de alquitrán con perfume a endorfinas sobre mis pulmones, y con la cabeza baja, media sonrisa en la cara, y los ojos cerrados, dejo que mi perfil afilado, culminado por mi sombrero y mi gabardina, le digan “¿qué te pasa, amigo?. ¿Tienes algún problema?”.
Mi ego en ese momento es cuando se pliega y se vuelve con el rabo entre las piernas para decirme “sí, tío. Puedes hacerlo”. Rock and Roll. Pero hay cosas a las que uno no llega. No puede hacerlo todo solo. Yo ya lo he entendido y he perdido la cuenta de las veces que he tratado de pedir ayuda al exterior.
La verdad es que parece que vivo en otro lugar, donde nadie oye mi voz. Donde el sonido de mis golpes contra la pared y los puñetazos que hacen crujir mis huesos suenan como ultrasonidos apenas perceptibles. Donde se ahogan los gritos en el silencio, como mis lágrimas lo hacen sobre el depósito blanco del lavabo. Si todos somos un 80 por ciento de agua, entonces todos estamos hechos en un 80 por ciento de lágrimas, mi verdadera equivalencia. Ahora entonces me he quedado en menos de ese 20 por cien restante.
Soy tan miserable que puedo crear todo aquello que todos los demás anhelan pero que ya nadie quiere. Nunca me han gustado las ecuaciones, pero me he dado cuenta de la importancia de ser un cero. Lo que yo soy. Nadie lo valora, pero tiene el don de hacer grande a cualquiera colocándose a su lado.
Pero cero por cero es cero. Y cero entre cero es cero. Me gustaría tener el valor suficiente para ver que es verdad eso de que si los demás se dividen mi vida, ésta se multiplicará dentro de ellos. Ojalá fuera así. Pero esta vida parece que va a romperse en 1000 pedazos. (Perdón, en 000 pedazos)
Estoy encallado en esta tabla del cero, pero sé que hay más, me las aprendí de memoria de pequeño. Creo que en alguna ocasión conocí a alguien que me dio valor. No sé si sobresalí o si no llegué al nivel mínimo deseable, pero ya digo que nunca he sabido expresarme mediante cifras. Lo siento.
Ahora después de haber encontrado el trébol de cuatro hojas, de haberme levantado, haber sacudido mi chaqueta y haber violado la libertad condicional de la felicidad, vuelvo a dormir en el talego, pensando una vez más en la fuga.
No sé si fue por esto por lo que aquél malnacido me aplastaba la cara contra el piso y me pisaba la mano que tenía apoyada en el suelo para intentar levantarme. Toda la fuerza la guardaba en el otro puño, con el que golpeaba al asfalto por si se abría algún tipo de trampilla que me hiciera caer al limbo infinito, y así hacerme despertar de ese mal sueño. Pero ese hijo de puta era de verdad. Mi dolor era de verdad. La sangre era de verdad. Es más, todos vosotros érais de verdad, y estabais allí para contemplarlo.
No sé cuántos años debe durar la condena. Ni cuánto tiempo llevo cumplido ya, ante no sé qué autoridad. Solo sé que me he acabado por creer lo de que cada día es una oportunidad. Y que quiero creer. Y que puedo hacerlo.
Se me ha olvidado que no es así. Que el mundo no es amarillo. Que el sufrimiento es mi realidad. Que mi única y eterna candidatura es solo una posibilidad remota de lograr un aplauso y un minuto de gloria ante un micrófono. Y no recuerdo si en alguna ocasión ya lo habré consumido.
Me gustaría que la tipografía de esta carta no fuera tan pequeña y en color sangre. Que el interlineado no tuviera tanto atasco, y que las tildes las pusieran otros para poner el acento en los momentos más importantes de la misiva. Que las comas que me hacen parar, respirar, mirarte y seguir de nuevo adelante con la lectura, fueran tuyas. Puestas por ti en el momento en el que ya ibas a echar de menos mirarme a los ojos. Y que no fueran de esos cabrones los puntos finales.
Esta es la mierda que circula por mis fluídos, por mis venas, por mis conductos y por mis sueños. Esos que me atrapan y me aprisionan contra el colchón de asfalto más jodidamente duro del mundo. Que me presentan al peor fantasma de la historia de los monstruos: a mí. Que me golpean cuando no quiero despertar. Y que hacen que me olvide de que despertar no es una opción. Si no una puta imposición.
Me quiero follar a un alma y preguntarle si le ha gustado. Que me bese en la oreja el angelito que se aparece al lado de mi cabeza cuando hago siempre las cosas buenas. Que me confirmen que sí, que “eres bueno”. Que todo lo bueno que quiero para los demás sea inversamente proporcional a lo que recibo. Y confirmar alto y claro que correr en paralelo es más sencillo que correr detrás de alguien.
Es una lucha de gigantes en la que las drogas aún me harían mucho más grande. Una pesadilla que no cesa bajo los acordes de la canción más sentida de todas. La historia que tú (y todos) alguna vez protagonizamos y por la que fuimos candidatos al premio al peor actor. Pero no cabe duda de que su secuela, finalmente, se convierte en tu mejor creación.
Tengo claro que yo nunca he ganado nada, y que lo que gané en algún momento lo he tenido que devolver al lugar de donde vino, con el ticket regalo que alguna vez dejaron guardado pegado a la etiqueta con un sutil trozo de celo.
Dicen que no sabes lo que quieres hasta que lo pierdes. Yo creo que te das cuenta cuando se lo ves a otro, disfrutando con eso que tú anhelas, y se te queda cara de gilipollas. Cuando la envidia te hace pensar como pensaría una mala persona. Cuando tienes claro que quieres ser tú el afortunado.
Cuando de verdad "quieres" dentro de ti. Quien lo probó, lo sabe.
Hoy me he levantado muy tarde, y apenas ha pasado un rato y ya quería volver a dormirme.
No por volver a jugar a la ruleta rusa de “a ver qué sueño”, que en mi caso puede llegar a ser un arma muy poderosa. Si no por intentar volver a empezar. Reiniciar.
Quizá tenga suerte algún día y no me haga falta viajar a ningún sitio para despertar a gusto. O igual no me haga falta despertar nunca más.
Me gustaría empezar a vivir. Dejar ya tanto soñar. Y que sea lo que tenga que ser.
Se consume tu mecha y no te das ni cuenta del calorcito que desprende a tu alrededor. Insegura, no conocedora del brillante serpenteo y de la brillante serpentina que conduces. Un siseo de luz en braille que cualquier ciego de los que no quiere ver acabaría comprendiendo.
Realmente eres una cosa pequeña, pero tienes muchísima fuerza en tu interior. ¿Sabes lo que pasa?, que la implosión no resulta ni mucho menos tan interesante como la explosión. No es nada espectacular. Y tú eres más de tener efectos introvertidos
Nadie quiere ver algo que estalla hacia adentro, guardándose toda su fuerza para sí mismo.
Si algo debe destruir (o construir), la gente lo quiere ver, quiere saber lo que resulta, hacia afuera.
En cualquier caso, solo tenía la intención de decirte que eres poderosa. Que alguien te colocó aquí, y prendió tu mecha, pero lo que es importante y necesario en todo momento en este proceso para que algo ocurra, eres tú.
Las bombas como tú a veces no os dais cuenta de que el verdadero poder radica en vosotras mismas.
Y que lo que tenéis que conseguir es lograr vuestro objetivo sin autodestruiros. Que el verdadero “¡Boom!” se lo das tú a quién te sale de las narices. Y hablando de narices, el olor a quemado se ha de quedar en la pituitaria de los demás, que serán los que te recuerden, a ti, tal como eres.
Y el que esté junto a ti tendrá que aprender a recordarte siempre (ya que el olfato es el sentido que mejor memoria tiene).
Así que, ahora que estás quemada y que la lombriz de fuego se acerca peligosamente al depósito de pólvora, déjame que me quede por aquí cerca, mirando, para ver hasta donde eres capaz de llegar.
Y si tienes que arrasar y hacer cenizas algo, lo que sea, hazlo tranquilamente.
Has llegado hasta aquí para eso.
Pero aprende a hacer el “¡booooooom!” más fuerte del mundo, y consigue que me atruenen los oídos. No permitas que sea el otro el que te diga lo que puedes llegar a cambiar.
Quien te dejó aquí te dejó sabiendo lo que hacía. Sabiendo lo que llevabas dentro. Lo que eras capaz de deflagrar. Pero no tuvo los cojones de quedarse para verte. Y quien cogió el mechero y quemó la brizna con un filo de calor y se marchó dejándote el humo, bien hallado tiene que ser, pues te regaló ni más ni menos que la chispa de la vida.
Ahora tú, bomba pequeña, haz lo que tengas que hacer. Ha llegado tu hora. Pero hazlo y deja que lo veamos. Porque no cabe dentro de ti ni una mínima parte de lo que puedes llegar a alcanzar a los demás.
Comienza pues tu cuenta atrás. 10 – 9 – 8 – 7 – 6 ...
Que si te fijas, es como la vida: todos sabemos que tiene un final, pero la fuerza te acompaña hasta que llega al punto de no retorno.
Recuerdo que hace unos diez años sonaba una canción en mi cabeza que repetía aquello de “cine, cine, cine. Más cine por favor...”, y que por aquel entonces me tenía que inventar la letra porque no sabía lo que era la “Nouvelle Vague”, quién era el señor Truffaut o lo que significaba un “happy end”.
De cualquier modo, me había quedado fácilmente con el estribillo, como una coda que reconocía que “todo en la vida es cine, y los sueños, cine son”.
Ahora, que con el tiempo uno ya sabe lo que son los Cahiers du Cinéma, sabe también que lo que hace grande a una película como “La invención de Hugo” no es nada de lo que pueda llegarle a través de las lentes 3D que lleva puestas. Es otra cosa que no pierde en majestuosidad contra ningún alarde técnico de efectos especiales, ni cualquier otro disparate. La capacidad de la mente humana para construir.
La cualidad de crear un mundo completamente nuevo y distinto que no existe en la realidad.
Lo que es la esencia del cine.
Así, “Hugo” comienza con el sonido trotón de los fotogramas a su paso por el proyector, como si de su "leit motif" se tratara. Adentrándose en la historia del cine y en aquel París de los años 30, con un magnífico Ben Kingsley metido en la piel de George Méliès, que se encarga de hacer girar la manivela del cacharro. Con Jude Law y Christopher Lee tan irrelevantes como las palomitas y el propio 3D en la época del cinematógrafo, un Sacha Baron Cohen mitad guardia, mitad herramienta, y un Hugo Cabret con el cuerpo de Assa Butterfield pero movido por el alma del propio Scorsese.
Junto a la niña Chloe Grace Moretz, un autómata roto que debe ser arreglado, y la búsqueda de una llave con forma de corazón como comienzo de un viaje mágico hacia algún lugar de la Cité.
Lo que no sabe Hugo entonces es que en el momento en que una chica te agarra la mano por primera vez, lo hace para llevarte a vivir una gran aventura.
Para seguirle en el camino, Scorsese hace que te pongas las gafas solo para que comprendas que al cine se entra con una mirada distinta a la de la calle, porque no es lo mismo lo que se vive ahí fuera con lo que existe dentro de la sala. El cine es un santuario especial donde vivir cosas maravillosas. Un lugar a oscuras donde quedarte atrapado, cerrar los ojos, y abrir el alma. Y ponerse a soñar.
De esta manera, el viejo cineasta neoyorquino juega a volver a ser un niño con su adaptación de la novela de Brian Selznick, y nos pide que soñemos junto a él. Poniendo en liza al firmamento de Hollywood y el 3D, para directamente hacernos mirar hacia otro lado, a los comienzos del cine con el mago Méliès. Olvidando el glamour y la industria, embarcándonos al galope de un corazón extasiado a la primera emoción de la imagen en movimiento.
A aquella primera experiencia que se había convertido en lo que Canudo había acertado en bautizar como flamante “séptimo arte”.
“La invención de Hugo” se convierte de este modo en un periplo familiar, el primero que emprende el director, sobre la recuperación de la esencia del cine. La magia de aquel invento que fascinó a Georges Méliès, y que éste nos regaló en forma de películas, para que tuviéramos el don de soñar como él lo había hecho. Un paseo en el que reflexionar sobre la instrumentalización de las personas, en una época de autómatas donde el tiempo es credo y censor (“El tiempo es todo. Ah!, el tiempo...”), y donde creer parece estar mal visto, porque ya ni siquiera nos atrevemos a hacerlo.
Algunos teóricos correrán a decir que Scorsese no sabe de historia del cine, y que aquel episodio en el que la gente se asustaba al ver aproximarse el tren en la proyección de los Lumiére nunca ocurrió. Pobres... No se han dado cuenta aún, y eso que han pasado ya más de cien años, de que aquella máquina de cine poseía (y aún todavía posee) la capacidad de hacernos soñar con cualquier cosa.
Lo que sí está claro es que ”si alguna vez te preguntas de dónde proceden los sueños, mira a tu alrededor”. Esto es el cine, la gran fábrica de sueños. Es el gran mensaje que nos dejó el cine de Méliès hace ya más de un siglo. La misma gran invención a la que volvió a dar cuerda Hugo Cabret. Y la misma maravillosa lección de cine que nos imparte ahora Martin Scorsese, firmada de su puño y letra.
Así pues, Madames, monsieurs. Bienvenue dans le voyage au cinéma.
- (Hombre) A Tomás le había dado un soplo de repente. Me llamó Lupe, su mujer, para decírmelo. Al salir de aquella reunión empezó a encontrarse mal, como con vahídos. Él solo quería llegar a casa y tumbarse un poco sobre la cama a descansar un rato, pero Lupe no le dejó. Si Tomás estaba asustado con todo aquello que estaba pasando en la fábrica, ella lo estaba el doble. Debe ser como un sexto sentido que tienen las mujeres embarazadas, que son protectoras, pero Lupe ya sabía que no había mucho que pudiera hacer. Y que a partir de ese momento, cada día iba a ser como un regalo.
- (Anciana) A veces buscar una razón a las cosas solo sirve para justificar la espera. Pero si ya no hay esperanza, no queda otra mirada que no sea hacia delante… Mi hija lo sabía. Ya no existía otra cosa en la que pudiera creer.
- (Hombre) La Junta de la Comunidad Autónoma hizo públicos los informes sobre la central y la planta de residuos plásticos unos días después, y Exporitex nos informó de que habíamos estado expuestos a material contaminante y nocivo para la salud. Trabajamos durante años con productos cancerígenos. Allí el que cogía un catarro cogía algo más que un resfriado. Salieron más casos a partir de entonces, de intoxicaciones y enfermedades raras.
Imágenes de la comparecencia en la que se informaba de los resultados de las pruebas realizadas en la fábrica de Calatrava de Orduña)
El director muerto había caído por un cáncer linfático por lo que supimos entonces. Había además una treintena de casos declarados, y todavía más seguimientos de otros posibles afectados. También otros tantos vecinos de la comarca estaban con síntomas y problemas derivados de aquello. Venancio estaba en la lista, de Alejo no se sabía nada. Creo que él ya estaba metido en otra lista… Tomás tampoco estaba, aquello solo contaba hasta finales del año anterior. Pero desgraciadamente esa lista no había hecho más que empezar a llenarse.
- (Anciana) A mi hija no hacía falta explicarle mucho las cosas que pasaban delante de ella para que las entendiera. El cáncer no les dolió mucho a ninguno de los dos cuando se lo dijeron. Ya lo sabían. Solo les quedaba una cosa por la que sentir: el pequeño Iván, mi nieto. Todavía tenía que nacer, y en un momento en el que sonreír costaba un mundo.
- (Hombre) Cuando vi a Tomás a las semanas, calvo por la radioterapia, me impactó muchísimo. No sabía qué decirle. Igual que él, ese podía ser yo. Tomás y yo siempre habíamos estado juntos. Pero ese día no vi a mi hermano en esos ojos. No estaba ahí…
(Imágenes de fotografías de Tomás calvo en el periodo de radioterapia y de su enfermedad)
Música: Joe Hisaishi - The name of life (Instrumental) BSO El viaje de Chihiro
Se fue en un mes, sin hacer ruido. El primer muerto oficial por la contaminación de la fábrica de Calatrava de Orduña. Ese fue su título. Hermano admirable, amigo entrañable, hijo granuja… Y padre perfecto. Seguro que lo hubiera sido...
- (Anciana) Mi hija se quedó sola. Con un bebé en las entrañas y en mitad de su embarazo… La fuerza la llevaba dentro de sí misma. Era lo que tiraba de ella.
- (Hombre) Todos fuimos pasando reconocimientos médicos. Quien más, quien menos, todos teníamos algo de contaminación. Algunos demasiado, otros casi nada. A mí no me había afectado la exposición, pero pronto dábamos con alguien que había caído bien enfermo.
- (Anciana) Pero el mal que no se escucha es el más difícil de combatir.
- (Hombre) El susto nos lo llevamos con Lupe. La obligaron a hacerse el chequeo, aunque no trabajase en la fábrica. Y más en su estado, embarazada. Fue ahí cuando conocimos lo que duele la vida.
- (Anciana) Mi hija perdió el bebé que esperaba. Tenía malformaciones a causa de la radiación, le había dañado el corazón y los pulmones, que no se le desarrollaron. Mi hija no llegaba a los 6 meses de embarazo en aquel entonces. Había perdido en muy poco tiempo las 3 vidas por las que vivía: la de Tomás, la de Iván, y la suya propia…
- (Hombre) Estuvimos con ella, acompañándola, durante días. No queríamos dejarla sola.
- (Anciana) Pero mi hija es muy suya. Y un día se fue...
- (Hombre) Se escapó. No nos asustamos mucho porque sabíamos que Lupe no iba a hacer nada raro, pero no sabíamos por dónde andaba. Yo pensé que se habría ido a León, a la casa de su hermana, o a olvidarse de todo unos días.
- (Policía del pueblo) Guadalupe vino por la noche a la Jefatura. Me había llamado un rato antes por teléfono desde un número desconocido, debía ser una cabina. Me dijo que quería hacer algo, pero quería que fuera legal. Aquí en Calatrava nos conocemos todos, es un pueblo pequeño, y sabía lo que le había pasado a ella, y que no podía ser nada malo lo que tuviera que decirme.
- (Hombre) Me llamó Eduardo, el Guardia Civil que trae patrulla por Calatrava y que lleva la Jefatura del pueblo, que es amigo nuestro y de todos. Me dijo que Lupe estaba con él allí, y que llamaba para tranquilizarnos, que le había dicho Lupe que llevaba dos días sin pasar por casa.
- (Guardia Civil) Me dijo que quería abrir el pequeño hospital médico de curas abandonado del pueblo, que se había usado durante la guerra, y que fue clínica de paso para el ejército hasta que se murió Franco, porque estaba cerca de un campo de tiro militar. Como un pequeño ambulatorio. Decía que no quería forzar la entrada, ni hacer ninguna locura. Lo hubiese entendido si hubiera querido hacerlo, pero Guadalupe tenía una idea. Y mucha voluntad de persuasión.
- (Anciana) Yo fui la primera en llegar allí. A las 8 de la mañana estaba llamando a mi hija a la entrada del hospital. Al entrar vi que los suelos estaban fregados y las cosas estaban limpias. La ventanas abiertas. Se notaba un poco de olor a lejía y amoniaco. Del hospital quedaban algunas sillas, los hierros de los camastros, las pilas de los lavabos y los baños.
- (Hombre) Al parecer había estado limpiando toda la noche, aprovechando que allí dentro aún llegaba la corriente. Había estado gastándose el dinero del despido de Exporitex en material sanitario y en cosas para retomar el funcionamiento de ese sitio.
- (Anciana) Cuando vi a mi hija, estaba sentada en una silla, mirando a la pared de la sala de espera principal del recibidor, detrás del mostrador. Acababa de colocar algo allí. Lupe se giró, y me miró. Se volvió a mirar a la pared y yo fui hacia allá con ella. Había colgado un cuadro, con el jersey de punto que le había hecho a mi nieto y que le regalé en Navidad. Le había puesto un marco y lo había colocado allí… Debajo había escrito con un rotulador rojo "La central del amor. De Tomás e Ivan". Me quedé allí a su lado mirándolo, llorando con ella.
- (Guardia Civil) En una semana aquello se convirtió en un lugar de peregrinaje para todos los vecinos de Calatrava de Orduña. Todo el mundo arrimó el hombro y ayudó lo que pudo. Guadalupe quería ayudar a todo el que lo necesitase.
- (Hombre) Lupe tenía una vida en la que servir a un marido enfermo y a un hijo que venía en camino. Se le fueron los dos, pero ella no renunció a seguir sirviendo y dando la vida por los demás.
(Imágenes de "La central del amor" desde dentro, su funcionamiento, su vida, la gente que está allí, los vecinos del pueblo que la visitan y las actividades que allí se realizan)
- (Anciana) "La central del amor" es el nombre del sitio en el que se cuida a todos los enfermos del pueblo que salieron de aquella pesadilla que fue la fábrica de plásticos. Mi hija la fundó y dio los primeros pasitos, a empujones. Luego el resto del pueblo y de la comarca hicieron el resto.
- (Guardia Civil) Ese sitio ahora es el hospital, la escuela, el bar, el centro de reuniones, el comedor social, la iglesia, la biblioteca, y hasta el principal monumento del pueblo.
- (Hombre) Ahora "La central del amor" da cobijo a unas cincuenta personas, afectadas directa o indirectamente por la contaminación de la fábrica. Algunos no lo superaron, otros siguen aquí desde que se abrió, y también se trata a los niños que han sufrido las consecuencias de la radiación. Desde que ocurriera todo aquello, ha habido una decena de casos de embarazos con niños que han arrastrado problemas de salud y que han sufrido leucemia. Pero aquí están todos los que salieron adelante, y no se van de aquí por nada del mundo.
- (Anciana) Mi hija siempre fue mucho de Corín Tellado, por lo del nombre así tan romántico, pero ha demostrado que no se puede ser más buena que ella.
- (Guardia Civil) Quizá nunca vivió para ella. Nunca quiso dejar de vivir, aunque fuera haciéndolo para los demás.
- (Hombre) Era la mejor manera de seguir con Tomás, y demostrarle lo que le quería. A él y a su hijo. Y darle todo lo que tenía para ofrecerles en la vida que tenían por delante.
- (Lupe) No. Yo creo que al final no he hecho otra cosa que no sea tratar de convencer a los demás para que sean felices. Y que sueñen. Da igual que no se nos cumplan luego esos sueños. Tendremos que imaginarnos otros. Pero siempre existen más sueños...
- (Daniel, niño con la pulsera amarilla) ¿Mi sueño?. Pues yo quiero ser cantante. Y marcharme de conciertos, y ser tan viejo como el de los Rolling Stones.
- (Pablo, niño de la pulsera azul) Yo quiero echarme una novia… Jajajaja (se ríe a carcajadas). Bueno, vale, en serio. Pues…… quiero jugar al fútbol en el Bernabéu, contra el Atlético de Madrid. Y meterle un gol, de chilena. Pero no sé si lo celebraría, porque mi madre es del Atleti y seguro que luego se iba a enfadar conmigo...
- (Alfredo, niño de la pulsera negra) Pues mi sueño es ser así toda la vida. Y que Lupe también lo sea, y no se vaya nunca. Y los demás del pueblo. Yo no sé qué es lo que pasaría en esa fábrica, pero creo que hemos tenido mucha suerte. No me importa estar enfermo, o no tener pelo. Pero no quiero perder la alegría que siento aquí.
(Imágenes ralentizadas de los niños jugando, y de toda la gente sonriendo, en blanco y negro, y otras en color, intercaladas)
Música: Coldplay - Strawberry Swing
- (Anciana) Al final la vida me enseñó que sí que había algo con lo que luchar contra el mal que no se escucha. El cariño que se ve, y el amor que podemos sentir, gracias a los demás…
Plano de las manos de un niño, lleva una pulsera amarilla.
- (En off) Hola. Yo soy Daniel, pero todos me conocen como "El Rubio". Tengo trece años y nací en Calatrava de Orduña. Llevo dos años viviendo aquí, con mi madre, y me encanta. Me gusta tocar la guitarra, o bueno, en realidad lo que me gusta es ponerme a saltar en la cama haciendo como que toco, y pegar gritos cantando como si fuera un rockero.
Plano de las manos de un niño, lleva una pulsera negra.
- (En off) Yo soy Alfredo, o Fredy, pero también me llaman Moreno. Es el apellido de mi padre, y la verdad es que en el colegio todos los profesores me llamaban así. (…) Tengo quince años y me he pasado los últimos cinco aquí dentro. (…) No te voy a engañar, a veces hecho de menos lo que hay fuera, pero creo que allí no nos echan de menos a nosotros. Y la verdad, no me importa. No saben lo que se pierden. (...) Este sitio es el mejor del mundo. No lo cambiaría por nada.
Plano de las manos de un niño, lleva una pulsera azul.
- (En off) Mi nombre es Pablo, y mi pulsera es de color azul. (…) Ellos tratan de reírse de mí porque soy el más pequeño, pero lo que no saben es que no tengo ni un pelo de tonto.
En la imagen vemos a los niños agarrados por los hombros, mirando sonrientes a la cámara y posando, riendo y hablando entre ellos. Todos están calvos. Los reconocemos por el color de sus pulseras.
Mientras se ven imágenes de los chavales en su vida cotidiana, riendo y jugando entre ellos y con la gente que les rodea.
- (En off) Lo de llevar pulseras nos gusta, lo vimos en una serie de la tele, y nos gustó. Es como nuestra marca, el sello de nuestro grupo. Todos los amigos llevamos una.
- (En off) Aquí somos todos felices. Calatrava es el lugar más bonito del mundo, y el sitio donde está la gente más buena. Da igual lo que ocurriera en el pasado, pero no me quiero ir de aquí hasta que me muera… Aunque tuviera que morirme dentro de mucho tiempo.
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(Suena "Mother", de la BSO de "El verano de Kikujiro" - Joe Hisaishi)
TÍTULO: La central del amor
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Imágen a negro.
Abre con imágenes en blanco y negro del pueblo y los vecinos en los años noventa, grabaciones caseras, vídeos domésticos, vidas cotidianas, bodas, comuniones…
- (Hombre) Calatrava era un lugar feliz. La gente iba y venía, vivían la vida sin preocuparse por cosas demasiado estúpidas. Yo me emborraché, me enamoré, me desenamoré, estuve a punto de casarme, me fui del pueblo. Estuve viviendo en León. Luego volví, me enamoré de nuevo, me casé… Lo que todo hijo de vecino hacía en su vida en un pueblo como este.
- (Anciana) En la comarca de Orduña siempre se había trabajado el campo. Al estar en la cuenca del río Horcajo, el trabajo de la huerta era algo normal. No había vecino que no tuviera su parcela y su trabajo en el campo. La tierra había pasado de padres a hijos, y de hijos a nietos. Y "asín" debía de ser. Pero cuando vinieron los de aquella fábrica todo se acabó. Acabaron con Calatrava.
- (Hombre) Cuando ganó (Juan José) Lucas las elecciones en el 95, se trajo la fábrica de una filial americana a Orduña. Iba a dar mucho trabajo en la comarca, y iba a dejar mucho dinero en la zona. Me imagino que es la ventaja que da tener mayoría absoluta, no tienes que discutir con nadie qué haces con las cosas. Salió Calatrava, y aquí nos pusieron la gallina de los huevos de oro.
- (Anciana) El demonio… eso nos trajeron… (silencio)
Imagen a negro.
(Abre con imágenes del pueblo) El municipio leonés de Calatrava de Orduña recibía con alegría la implantación de la nueva fábrica en España de la empresa Exporitex, filial en nuestro país de una conocida multinacional norteamericana, que se dedicaba a la construcción de pequeñas piezas de diversos elementos plásticos, recambios y partes de electrodomésticos, robótica, contando con laboratorio químico, maquinaria industrial, y que funcionaba además como centro de recogida de residuos tecnológicos.
Tras unos meses de construcción, la inauguración de la central acumulaba sonrisas y buenos presagios.
(Imágenes del acto de inauguración de la fábrica).
Varios centenares de puestos de trabajo habían recaído en las gentes del pueblo y en los pueblos vecinos de la cuenca del Horcajo. Con la llegada de la fábrica, la vida en Calatrava de Orduña cambiaba a pasos agigantados.
- (Anciana) Aquellas tierras tenían vida debajo de esas piedras. Y nos las quitaron, y mataron esa vida. Aquello que hicieron fue matar a Calatrava. Y comprar con unos dineros el silencio del pueblo para el velatorio.
- (Hombre) A mí me tocó trabajar allí. Y a mi hermano. Todo era fácil y sencillo. En esa fábrica se trabajaba con algo que no conocíamos, que no sabíamos adónde iba ni para qué se usaba. Esa tecnología no era para nosotros. Pero el dinero que dejó en Calatrava nos hacía querer a ese lugar. Aunque si ese negocio en el que trabajábamos, o esa empresa, fuesen mal, aquí en el pueblo no nos íbamos a enterar. Este era un trabajo. Lo que salía de él, para nosotros solo era una nómina.
Tras varios años de bonanza, algo sucedió que pasó desapercibido. Todos lo supimos, pero nadie pensó nada. Tampoco nadie estaba ahí para pensar algo. El director de la central murió. Había enfermado unos meses antes, y se había marchado a Barcelona, que era donde vivía su mujer. No llegaba a los cincuenta años, y el tiempo se lo llevó muy rápido. Se hizo un día de luto en la fábrica, pero allí no había pasado nada.
Pasó un año hasta que nos diésemos cuenta de que estaba pasando algo. Fue el mismo día que en la fábrica Tomás me dijo que su mujer estaba en estado.
(Imágenes de vídeo casero de la fábrica, con los trabajadores bromeando, bailando y sonriendo ante la cámara. Imágenes de la central. La gente haciendo su trabajo, y la fábrica en funcionamiento. Los vecinos fumando en el exterior en los descansos. Imágenes de encuentros con las mujeres y los niños a la salida del trabajo)
- (Hombre) Saturno me dijo que habían venido a la central unos hombres muy raros, vestidos de blanco. Parecían astronautas cuando se ponían las escafandras. Habían bajado a las tripas de la fábrica, a los almacenes donde se guardaban los contenedores de residuos que llegaban por la noche de la planta de reciclado. Él trabajaba en una garita, y dijo que les había visto pasar con unos tubos fluorescentes, y que luego le sacaron de la garita sin dejarle terminar el bocadillo.
Aquel era el día de Tomás. La fábrica estaba de fiesta porque iba a tener un hijo una de las personas más buenas y queridas de la central. No quisimos decir nada de esto entonces, aunque por la noche les vimos pasar y salir con carretillas.
- (Anciana) Estar enfermo no es un mal. El mal es no hacer por la cura. En esta fábrica cayeron muchos enfermos Otros muchos cayeron malos…
- (Hombre) Habían pasado unas semanas y ya se acercaba el invierno. En mi sector habían caído dos compañeros. Venancio tenía problemas en la laringe y estaba ingresado en León. Hasta cierto punto nos parecía algo normal. Fumaba como un carretero. Lo de Alejo era más grave. Se había desvanecido en la comida unos días después. De repente, mientras comíamos, se cayó sobre el plato. Se lo llevaron. El silencio era lo que hacía la situación más grave. Mi jefe decía que no le pasaba nada. Ya nadie se acordaba del muerto...
- (Anciana) Los vecinos fueron cayendo poco a poco. Cuando el daño no duele, corre más rápido.
- (Hombre) Un día, en un reparto de material en el pueblo de Olambide, un pueblecito a unos kilómetros de Calatrava, me dijeron que había varios vecinos que habían acabado en el hospital, y que eran de la fábrica. Gente de la cocina y un secretario. No les conocía. Pero habían caído enfermos antes de la Navidad, como Venancio y Alejo. Yo no dije nada, pero me asusté. Algo raro estaba pasando.
En el trabajo solo nos dijeron que se iban a partir los turnos de trabajo. O mañana o tarde, pero nada de jornada intensiva. Prejubilaron a Domingo, mi tío, y a otra docena, y adelantaron vacaciones. Parecía que no querían que estuviésemos allí. Les estábamos estorbando, no teníamos que ver lo que hacían.
- (Anciana) No hay más ciego que el que no quiere ver, ni más estúpido que el que hace por que los demás queden ciegos.
- (Hombre) Los hombres de blanco ya eran uno más en la fábrica. A veces salían con bidones, o empujando mesas con ruedas donde llevaban cosas cubiertas con plásticos. Entraban por otra parte a la central, y no hablaban. Tampoco tenían cara. El pueblo estaba más silencioso que nunca esos días.
Así pasó toda la Navidad. Hubo cierre por vacaciones en la empresa y la fábrica se cerró. Pero allí adentro seguían viéndose luces. Aquellos hombres que iban de blanco y con escafandras habían tomado el control de la central.
- (Anciana) Yo le regalé a mi hija un jersey de punto para el bebé en aquellas navidades. Lo había estado tejiendo durante días, y era más un símbolo que otra cosa. Era la primera ropita del pequeño Iván, que aún no había nacido. Quería que su madre se lo pusiese, y cuando ya no le valdría, que lo colgase con un marco en la pared. No era nada raro, pero era algo especial. Era mi primer nieto, ¿sabe usted?, y era lo primero que hacía por él.
- (Hombre) Volvimos a la fábrica después de las vacaciones de Navidad, pero aquel lugar había sufrido una transformación muy grande. Muchas de las máquinas estaban selladas, y salas enteras precintadas. El trabajo se paraba a las 3, y ya no volvían a funcionar los generadores de las máquinas. Paramos la producción. Aquello duró solo tres semanas. Ya en Febrero el trabajo se terminó definitivamente. Se nos llamó uno a uno individualmente para informarnos de que la actividad de la empresa Exporitex y de la fábrica central de Calatrava de Orduña iba a cesar. Se nos hacía personarnos en el Ayuntamiento del pueblo el día 3 de Febrero para que se nos comunicara la decisión sobre nuestros empleos. Fuimos todos los del pueblo, salvo 34, según me dijo Antonio, el bedel del Ayuntamiento que nos tomaba nota a la entrada de la sala de reuniones del consistorio. Venancio y Alejo eran dos de ellos. Venancio se sabía que tenía cáncer, de Alejo no se sabía si tenía ya nada por lo que quejarse… Ese día Tomás no dejaba de toser. Su cara era la de aquel que no estaba al cien por ciento allí. La de alguien que se estaba yendo, con la mirada, a algún otro sitio.
En esa reunión nos dijeron que la fábrica no iba a abrir más. Que los hombres de laboratorio de Exporitex, los hombres de blanco, habían inspeccionado la central, y que allí no se podía seguir trabajando. No dijeron nada más. Solo sacaron los cheques, con nuestros nombres. Nos dijeron que nos pusiéramos en fila, gritaban nuestro nombre, y salíamos a recoger aquel papel. Cuando me nombraron a mí, salí a por el cheque a recibirlo de manos del jefe. A su lado reconocí por la mirada a uno de los hombres de blanco que habían estado por la central. Me miró un tiempo, luego bajó la mirada, y se movió afuera. Su mirada también era de las que parecía que se estaban yendo a otro lado, lejos. Como pidiendo perdón.
- (Anciana) Con unos millones uno se puede comprar una parcela. Pero a la vida le sobran muchos duros, y cada vez tiene menos pesetas. Mi hija estaba sufriendo mucho por todo aquello. Lo que fuese que crecía dentro de ella ya no era un niño, era el mayor de los males: el miedo. Y contra eso no hay cura.
- (Hombre) Cuando salió de aquella reunión Tomás tosía más y más. Al día después me enteré de que después de haberle dejado con su mujer fuera del Ayuntamiento, le había dado por ir al Clínico, de urgencias. No había vuelto por casa esa noche, y al día siguiente los miembros de mi cuadrilla de la planta de la fábrica no sabían nada de él. Yo sabía que sus ojos ya iban por otro camino, pero no sabía que le llevaban tan rápido. Su mujer no respondía tampoco en casa, y era extraño que fuese así estando en estado. Algo pasaba con Tomás, y no me gustaba ese nuevo camino.
- (Anciana) Mi hija nunca había visto tanto dinero junto en la vida. Pero eso era todo lo que no quería de la vida. Aquello era el mal. Tampoco veía a su marido aunque lo tenía delante. Él se había dejado la vida en algún sitio, y lo peor es que sabía que ya no la tenía, se le estaba escapando, y era consciente de que mi hija no podía ya hacer nada.
______________________________ por mJ_ y Santi Ivar