(L'ILLUSIONNISTE, Sylvain Chomet, 2010)
Decía el licenciado Vidriera en una de las Novelas Ejemplares de Cervantes, allá por los últimos balidos del siglo XVI y primeros del XVII, una frase que habría de servir a muchos de definición a su existencia. Contaba acerca del oficio de comediante, que era propio de personas bien nacidas, pues solo “en el gusto ajeno consiste su bien propio”.
Que comen a base de aplausos, y mueren por complacer a los otros que les enjuician.
Jacques Tati vivió así los años de su vida. Sin hacer mucho ruido, pero sí mucho bien.
Diciendo más bien poco, pero contando bastante más. Y siempre haciendo reír.
Ahora, casi tres decadas después de su muerte vuelve a ponerse al servicio de los que miran, para hacer una reverencia, y desearnos que su trabajo resulte de nuevo de nuestro agrado.
L’Illusionniste había de ser la cuarta película de Tati, prevista para mediados de los años cincuenta, tras el éxito obtenido anteriormente con Las vacaciones del Sr. Hulot.
Pero no fue así, ya que el proyecto fue olvidado en un cajón al que nunca llegaría la luz.
Ha tenido que pasar media centuria para que Sylvain Chomet rescatara este guión que Tati dejó abandonado, y volviera a colocar al cómico en la piel de su personaje. Trayéndolo de allí en donde estuviera, para darle de nuevo vida en forma de dibujo animado, trasladando aquella historia que quedó pendiente a imagen de animación.
Una traducción que no puede considerarse menos que una obra de arte.
Y es que nos hemos acostumbrardo a ponernos gafas para ver lo que dicen que ha de impresionarnos, y lo cierto es que Chomet nos hace latir a base de dibujos de los de toda la vida. Porque la animación tradicional se ha hecho mayor. Era una niña en aquellos cincuenta, pero ahora ya es una señora con experiencia que sabe dar lecciones de vida.
El realismo de esa animación convierte la película en una creación maravillosa; te atrapa. Te lleva a que, por un instante, dejes de mirar la pantalla, bajes la cabeza, y te pongas a mirarte las manos, como buscando los contornos del dibujo, para acto seguido, maldecir enfurruñado por tus tres dimensiones. Es el propio realismo que define el humor que concebía Tati: un humor, que al igual que la tristeza, también es “de verdad”.
De cualquier modo, L’Illusionniste es una historia pesimista acerca de cómo el hombre vive creyendo en las ilusiones, y cómo olvidándose de ellas consigue sobrevivir.
Una cinta silenciosa, casi hacia adentro. Una nueva reflexión del viejo humor visual que nos trae al Tati de Music Hall de los inicios.Ver la película con otros ojos nos llevaría a la apatía, a no valorar correctamente un texto extemporáneo que viene con olor a nuevo.
Y así, los personajes van desfilando por la película: el payaso suicida con sonrisa de alquiler, el ventrílocuo atrapado en la gatera de sí mismo, el escurridizo y huraño conejo que se guarda toda chistera, y el propio Tatischeff, inerme, hermético en su expresión.
Todos conocedores de las miserias del artista que no recibe nada a cambio, en ese momento en el que el foco pasa de largo, y el mundo gira, pero uno ya no va con él.
Y la niña Alice, que es la única que aún posee la inocencia de creer en aquello que no se ve, en lo inexplicable. Siendo la única superviviente de esta decadencia de las ánimas.
Pero si algo queda claro en esta película es que siempre hay tiempo para un último truco.
He aquí el de Tatischeff: Tati en el espejo, mirándose a los ojos en la pantalla del cine.
Porque quizá sea cierto eso de que los magos no existen, pero aún así, sigue habiendo cosas que funcionan por arte de magia. La inspiración, el cine, los sueños, la propia vida, o incluso el amor, tienen su truco. Aunque no seamos capaces de encontrarlo.



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