En negro.
Recojo los restos del vestuario que acumulo en el respaldo de la silla y los dejo esparcidos sobre la cama. La pantalla va coloreándose, mientras el ordenador devuelve un bufido inconfundible, con el que demuestra que ya ha echado a correr.
Tomo asiento en la silla y me dejo caer sobre ella echándome hacia atrás, rehuyéndole la mirada a la ventana de píxeles y a la noche estival. Los grillos tararean a lo lejos el ritmo monótono de un compás de 2 por 4 en el que repiten incansables la nota “sí”.
Sujetando la nuca con las manos miro al techo. El parpadeo apenas funciona limpiando las gotas de luz que caen desde la lámpara de araña.
Mis ojos dibujan esta noche el contrapicado más triste del mundo.
Te habías ido, y yo nunca supe calcular a cuánta distancia quedaba lo que no volvía jamás.
¿Sabes?, la distancia entre mis ojos y la pared pintada de mi habitación abría un lapso de tiempo interminable. Años de recuerdos: el beso que nos robamos en aquella cabina de teléfonos, ese día en que el aguacero nos empujó allí, para que en pleno mes de agosto sintiéramos frío abrazados, al calor del primer beso; la sonrisa del día de tu graduación, con aquél sombrero imposible; o la noche en que me prometiste que ibas a cerrar los ojos, pero que no dejarías de verme. Todo eso en tan pequeña distancia.
Al volver la cara al lienzo de los millones de puntos descubrí tu foto, y la abrí, como quien frota la lámpara a la espera de que salga de alli la genio maravillosa. Y te agrandé, hasta quedarnos tan cerca como solíamos estar antes de que te fueras. Frente a frente.
Noté cómo tus ojos se clavaban en los míos, y cómo mi corazón convertía sus latidos en sonetos. Tu mirada fría, la piel inerte. Pasé la mano del puntero sobre tu rostro, casi notando en mis dedos la caricia que te guardé, y que conducía ahora esta huella raída.
Y te pinché con el ratón en la mejilla, queriendo pellizcarte, como te hacía siempre antes de darte el beso que nunca dejé de prestarte a cambio de tu sonrisa.
Entonces cerré los ojos y bajé ligeramente la cabeza. Sentí tu nariz aproximándose a la mía, y el aire caliente saliendo en tu respiración. Abrí levemente los labios, lo justo para saber que no estaban solos, y me cerraste la boca con los tuyos. Tenía el mismo calor en los labios que aquella tarde de agosto, en la que se había colado en mí para siempre, al escalofrío helado del temeroso amor.
Tonto miedo que tenemos al veneno que te da la vida a cambio de todo, y que después te la quita a cambio de nada.
Abrí de nuevo los ojos, y volvías a estar aquí delante.
Como tú, yo también había hecho esa promesa, muchas veces. Mucho tiempo atrás. Antes incluso de conocerte. Cuando te veía en el autobús cada mañana, sentada junto a la ventana, queriéndolo ver todo pero sin reparar aún en mí. Yo me sentaba siempre de espaldas a la marcha, fingiendo un mareo que se convertía en arcada si no te veía.
Fue entonces cuando hice este trato: cuando cerrase los ojos, te vería. Aquí. Conmigo.
¿Te acuerdas?, así iba a ser nuestra vida para siempre. Lo decidimos en el Dublin Castle, en Camden, cuando te pusiste tan furiosa porque no paraba de hacerte fotos allí. Fue el pasado noviembre en Londres, y entramos en aquél bar irlandés para despejarnos.
Ese día tocaba Travis, nunca lo olvidaré, y nos regalaron nuestra canción:
“And when I see you, then I know it will be next to me. And when I need you, then I know you will be there with me. I’ll never leave you… Just need to get closer, closer.”
Por eso, aún así, sigues estando cerca, muy cerca, y te sigo viendo, aunque no lo creas.
Así iba a ser, y en cierto modo, así ha sido hasta el final. Seguimos estando allí donde nos quieren. Ahora solo me queda recordar todos los sitios donde estuvimos juntos.
Y volver a Camden, para continuar haciendo más fotos.

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