(THIS IS ENGLAND, Shane Meadows, 2006 )
¡Cuánto habría pagado por tener una madre como Cynth, que se llevara dabuten con mis colegas gamberros! Que me dejara ir con los mayores a destrozar casas abandonadas con mazos, o pelarme la chola, y darle a la hierba en canuto antes que a la Spectrum.
¡Cuánto habría pagado por tener una madre como Cynth, que se llevara dabuten con mis colegas gamberros! Que me dejara ir con los mayores a destrozar casas abandonadas con mazos, o pelarme la chola, y darle a la hierba en canuto antes que a la Spectrum.
Sin embargo, a mí mi madre me limpiaba la cara con saliva. Y me repetía con énfasis la importancia de saber el precio de algo que iba a usar bien poco en el futuro: el peine.
Hubiera querido ser el hijo que ninguna madre quisiera tener. Y no al revés. Mola más.
La verdad es que sí, tíos, “This is England” me ha marcado. Estoy convencido.
En momentos como estos en los que vivimos situaciones difíciles, donde estamos continuamente cuestionandolo todo, a veces basta con escuchar una sola nota de piano.
En tiempos como aquellos, cuando piensas que un malnacido paki o un apestado negro te pueden hacer tragar la nuez, piensa a ver lo que puedes hacer tú por ti. Tú solo, ¿vale?
No digo romperle la cara a nadie, si no mirar una simple peli como esta y ver cómo un puñetero crío de 12 años (y skin) le tiene miedo al primer contacto físico con su chica.
Miedo, sí. Y mirarle a la cara y poder reírte. Sin pensar en más. ¡Deja a los otros en paz!
O notar cómo fluye tu emoción a lo largo de una melodía por encima del filo de un puñal. Con eso ya habrás vencido. Habrás conseguido lo que “This is England”. Ganar.
Porque el orgullo no se gana ni se destruye, se acumula como la saliva en la boca. Pero no vale para nada. Ante eso no tienes otra posibilidad que escupirlo lejos para lograr una última oportunidad de tener razón. Es tu única posibilidad para decir una sola palabra más, una que merezca ser escuchada. Esa palabra que nunca escucharás decir a Combo.
“This is England” es una película efervescente, que fascina mirar mientras se deshace en el agua en millones de burbujitas dentro del vaso, mientras la tomas. Y te hace el efecto.
El verdadero drama está aquí. Dentro de ti. Y la película actúa como buen expectorante.
Tragarte todo el odio y no ser capaz de expulsarlo con una bonita flema no es sano.
Es cierto que he venido a ver esta película prejuicioso (“una peli de skins”), y pensando en lo de que los chicos no lloran. Pero no es verdad. Las lágrimas saben dulces a veces.
Es una magnífica forma de depurar todo lo malo que llevas dentro.
Y no me ha sentado mal. He estado muy cómodo con ellos. Mis amigos, sin duda.
Pensaba que iba a ver la típica gracieta de un grupo de chalados skinheads a los que les ríes la gracia en el cine y les patearías el mentón en la calle. Pero esta vez no ha sido así.
Porque como todos, he sufrido con Milky, y ¡sí!, también yo he querido besarle en la boca a la tía del maquillaje perfecto del sofá de al lado. Sí, Smell, ¡Te Quiero!
Y por eso ahora quiero llamar a Woody para saber cómo está. Y decirle a Lol que sí olvidará ese mal trago. Y pasaré la noche añorando las Doc Martens que nunca tuve...
Porque quiero pensar que lo que yo crea y lo que ellos crean, es tan solo un accesorio. Un elemento articulable. Y que así, (de este modo sí), esto es Inglaterra.
Ya lo sé, como lo saben todos, que una bandera es solo un pedazo de tela. Que nunca levantó por sí sola una casa, y nunca quiso a una chica, como tú y yo podemos hacerlo.


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