sábado, 1 de octubre de 2011

Balada triste de corneta

(ONCE, John Carney, 2006)

El sonido de la trompeta, si bien es embaucador, también denota majestuosidad y brillo.
La corneta, por contra, sugiere un tono más rudo, más tosco, pero no disonante. Como si sonara con una rebaja en el destello, sin un esmalte que le diese una pátina de prestigio.
Aleación de cobre con zinc cuyo sonido queda siempre relegado para otro mejor hacer.
Así suena “Once”. Y así sabe. Desde un ladito. Sin hacer demasiado ruido.

Un músico pelirrojo toca en una calle de Dublín una guitarra agujereada ante el despreciable desinterés de los paseantes. Hasta que una chica inmigrante que vende flores por la calle (checa para más señas) le aplaude al final de una canción.
He aquí la manifiesta aleación susodicha de cobre rojizo y zinc blanquecino. Puro latón.




Sabe así porque cada elemento de la historia está correctamente orquestado dentro del imaginario del independiente. Con dos personajes que salieron rahídos de sus experiencias vitales. Como instrumentos que retumban sin gloria dentro de sus propias vidas, en forma de piano de prestado y de guitarra andrajosa.

Pero “Once” suena a más, a eso y a mucho más. Suena a dos historias que se funden en una sola, que es la misma. En la que apenas se nos explica qué les ocurre a los protagonistas, pero que no hace falta que nos lo digan. Lo sabemos.
Aunque nadie recuerde el rostro de la chica que vivía y corría más deprisa que el bueno de Glen. Ni el semblante del padre de la hija de Markéta. No va a importar. Es igual.

Es esa manera de presentar a los personajes, con naturalidad, con anhelos, con fobias, con dificultades…, la que hace que caigamos en la inmersión profunda en la película. Eso y una banda sonora lúcida y lucida, superlativa. No cinematográfica, sino “de cine”.
Las canciones no nos conducen a ninguna parte, nos inyectan. Nos llenan.
Como el “Falling Slowly” a dúo del comienzo, o “When your mind’s made up” en el estudio de grabación.
Así no extraña que un día, entre galantes hombres de riguroso luto y pavisosas mujeres de picos pardos, aparecieran estos dos robándole protagonismo a Beyoncé y a quien se pusiera delante, y con una guitarra rota en la mano, recogieron un Oscar por una canción construída con pedacitos de muchas vidas. Las de aquellos que se emocionaron.
Una vez.


El cine independiente ya cuenta con su perfecto musical, grabado casi en su totalidad con cámara al hombro, bajo el cielo nublado, y con una historia de amor no resuelta (o quizá sí, clausurada en checo) que nos deja un ratito para la reflexión.

Se conoce que, a pesar de todo, la corneta no ha de desmerecer en nada, y parece claro pues que se puede tocar una preciosa balada triste de corneta sin necesidad de sacar el lustre. Que son los propios dedos los que dan punzadas al aire y conmueven al trompetista. ¡Larga vida al latón!

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