domingo, 2 de octubre de 2011

LOS AMANTES DEL FIN DEL MUNDO



MISSISSIPPI PRODUCCIONES AUDIOVISUALES
presenta el documental "Los amantes del fin del mundo"



 © 2011

EN LA TIERRA DE NOD


MISSISSIPPI PRODUCCIONES AUDIOVISUALES
presenta el cortometraje "En la Tierra de Nod"

Con: Joaquín Carrasco, Daniel Masides y Anlés Quintana.




 © 2011  

Back to Black

En negro.
Recojo los restos del vestuario que acumulo en el respaldo de la silla y los dejo esparcidos sobre la cama. La pantalla va coloreándose, mientras el ordenador devuelve un bufido inconfundible, con el que demuestra que ya ha echado a correr.
Tomo asiento en la silla y me dejo caer sobre ella echándome hacia atrás, rehuyéndole la mirada a la ventana de píxeles y a la noche estival. Los grillos tararean a lo lejos el ritmo monótono de un compás de 2 por 4 en el que repiten incansables la nota “sí”.
Sujetando la nuca con las manos miro al techo. El parpadeo apenas funciona limpiando las gotas de luz que caen desde la lámpara de araña.
Mis ojos dibujan esta noche el contrapicado más triste del mundo.

Te habías ido, y yo nunca supe calcular a cuánta distancia quedaba lo que no volvía jamás.
¿Sabes?, la distancia entre mis ojos y la pared pintada de mi habitación abría un lapso de tiempo interminable. Años de recuerdos: el beso que nos robamos en aquella cabina de teléfonos, ese día en que el aguacero nos empujó allí, para que en pleno mes de agosto sintiéramos frío abrazados, al calor del primer beso; la sonrisa del día de tu graduación, con aquél sombrero imposible; o la noche en que me prometiste que ibas a cerrar los ojos, pero que no dejarías de verme. Todo eso en tan pequeña distancia.


Pareja en Camden Town


Al volver la cara al lienzo de los millones de puntos descubrí tu foto, y la abrí, como quien frota la lámpara a la espera de que salga de alli la genio maravillosa. Y te agrandé, hasta quedarnos tan cerca como solíamos estar antes de que te fueras. Frente a frente.
Noté cómo tus ojos se clavaban en los míos, y cómo mi corazón convertía sus latidos en sonetos. Tu mirada fría, la piel inerte. Pasé la mano del puntero sobre tu rostro, casi notando en mis dedos la caricia que te guardé, y que conducía ahora esta huella raída.
Y te pinché con el ratón en la mejilla, queriendo pellizcarte, como te hacía siempre antes de darte el beso que nunca dejé de prestarte a cambio de tu sonrisa.

Entonces cerré los ojos y bajé ligeramente la cabeza. Sentí tu nariz aproximándose a la mía, y el aire caliente saliendo en tu respiración. Abrí levemente los labios, lo justo para saber que no estaban solos, y me cerraste la boca con los tuyos. Tenía el mismo calor en los labios que aquella tarde de agosto, en la que se había colado en mí para siempre, al escalofrío helado del temeroso amor.
Tonto miedo que tenemos al veneno que te da la vida a cambio de todo, y que después te la quita a cambio de nada.

Abrí de nuevo los ojos, y volvías a estar aquí delante.
Como tú, yo también había hecho esa promesa, muchas veces. Mucho tiempo atrás. Antes incluso de conocerte. Cuando te veía en el autobús cada mañana, sentada junto a la ventana, queriéndolo ver todo pero sin reparar aún en mí. Yo me sentaba siempre de espaldas a la marcha, fingiendo un mareo que se convertía en arcada si no te veía.
Fue entonces cuando hice este trato: cuando cerrase los ojos, te vería. Aquí. Conmigo.

  
¿Te acuerdas?, así iba a ser nuestra vida para siempre. Lo decidimos en el Dublin Castle, en Camden, cuando te pusiste tan furiosa porque no paraba de hacerte fotos allí. Fue el pasado noviembre en Londres, y entramos en aquél bar irlandés para despejarnos.
Ese día tocaba Travis, nunca lo olvidaré, y nos regalaron nuestra canción:
“And when I see you, then I know it will be next to me. And when I need you, then I know you will be there with me. I’ll never leave you… Just need to get closer, closer.”



Por eso, aún así, sigues estando cerca, muy cerca, y te sigo viendo, aunque no lo creas.

Así iba a ser, y en cierto modo, así ha sido hasta el final. Seguimos estando allí donde nos quieren. Ahora solo me queda recordar todos los sitios donde estuvimos juntos.

Y volver a Camden, para continuar haciendo más fotos.

sábado, 1 de octubre de 2011

Au service

(L'ILLUSIONNISTE, Sylvain Chomet, 2010)

Decía el licenciado Vidriera en una de las Novelas Ejemplares de Cervantes, allá por los últimos balidos del siglo XVI y primeros del XVII, una frase que habría de servir a muchos de definición a su existencia. Contaba acerca del oficio de comediante, que era propio de personas bien nacidas, pues solo “en el gusto ajeno consiste su bien propio”.
Que comen a base de aplausos, y mueren por complacer a los otros que les enjuician.

Jacques Tati vivió así los años de su vida. Sin hacer mucho ruido, pero sí mucho bien.
Diciendo más bien poco, pero contando bastante más. Y siempre haciendo reír.
Ahora, casi tres decadas después de su muerte vuelve a ponerse al servicio de los que miran, para hacer una reverencia, y desearnos que su trabajo resulte de nuevo de nuestro agrado.


L’Illusionniste había de ser la cuarta película de Tati, prevista para mediados de los años cincuenta, tras el éxito obtenido anteriormente con Las vacaciones del Sr. Hulot.
Pero no fue así, ya que el proyecto fue olvidado en un cajón al que nunca llegaría la luz.
Ha tenido que pasar media centuria para que Sylvain Chomet rescatara este guión que Tati dejó abandonado, y volviera a colocar al cómico en la piel de su personaje. Trayéndolo de allí en donde estuviera, para darle de nuevo vida en forma de dibujo animado, trasladando aquella historia que quedó pendiente a imagen de animación.
Una traducción que no puede considerarse menos que una obra de arte.

Y es que nos hemos acostumbrardo a ponernos gafas para ver lo que dicen que ha de impresionarnos, y lo cierto es que Chomet nos hace latir a base de dibujos de los de toda la vida. Porque la animación tradicional se ha hecho mayor. Era una niña en aquellos cincuenta, pero ahora ya es una señora con experiencia que sabe dar lecciones de vida.

El realismo de esa animación convierte la película en una creación maravillosa; te atrapa. Te lleva a que, por un instante, dejes de mirar la pantalla, bajes la cabeza, y te pongas a mirarte las manos, como buscando los contornos del dibujo, para acto seguido, maldecir enfurruñado por tus tres dimensiones. Es el propio realismo que define el humor que concebía Tati: un humor, que al igual que la tristeza, también es “de verdad”.


De cualquier modo, L’Illusionniste es una historia pesimista acerca de cómo el hombre vive creyendo en las ilusiones, y cómo olvidándose de ellas consigue sobrevivir.
Una cinta silenciosa, casi hacia adentro. Una nueva reflexión del viejo humor visual que nos trae al Tati de Music Hall de los inicios.Ver la película con otros ojos nos llevaría a la apatía, a no valorar correctamente un texto extemporáneo que viene con olor a nuevo.



Y así, los personajes van desfilando por la película: el payaso suicida con sonrisa de alquiler, el ventrílocuo atrapado en la gatera de sí mismo, el escurridizo y huraño conejo que se guarda toda chistera, y el propio Tatischeff, inerme, hermético en su expresión.
Todos conocedores de las miserias del artista que no recibe nada a cambio, en ese momento en el que el foco pasa de largo, y el mundo gira, pero uno ya no va con él.
Y la niña Alice, que es la única que aún posee la inocencia de creer en aquello que no se ve, en lo inexplicable. Siendo la única superviviente de esta decadencia de las ánimas.

Pero si algo queda claro en esta película es que siempre hay tiempo para un último truco.
He aquí el de Tatischeff: Tati en el espejo, mirándose a los ojos en la pantalla del cine.



Porque quizá sea cierto eso de que los magos no existen, pero aún así, sigue habiendo cosas que funcionan por arte de magia. La inspiración, el cine, los sueños, la propia vida, o incluso el amor, tienen su truco. Aunque no seamos capaces de encontrarlo.

Balada triste de corneta

(ONCE, John Carney, 2006)

El sonido de la trompeta, si bien es embaucador, también denota majestuosidad y brillo.
La corneta, por contra, sugiere un tono más rudo, más tosco, pero no disonante. Como si sonara con una rebaja en el destello, sin un esmalte que le diese una pátina de prestigio.
Aleación de cobre con zinc cuyo sonido queda siempre relegado para otro mejor hacer.
Así suena “Once”. Y así sabe. Desde un ladito. Sin hacer demasiado ruido.

Un músico pelirrojo toca en una calle de Dublín una guitarra agujereada ante el despreciable desinterés de los paseantes. Hasta que una chica inmigrante que vende flores por la calle (checa para más señas) le aplaude al final de una canción.
He aquí la manifiesta aleación susodicha de cobre rojizo y zinc blanquecino. Puro latón.




Sabe así porque cada elemento de la historia está correctamente orquestado dentro del imaginario del independiente. Con dos personajes que salieron rahídos de sus experiencias vitales. Como instrumentos que retumban sin gloria dentro de sus propias vidas, en forma de piano de prestado y de guitarra andrajosa.

Pero “Once” suena a más, a eso y a mucho más. Suena a dos historias que se funden en una sola, que es la misma. En la que apenas se nos explica qué les ocurre a los protagonistas, pero que no hace falta que nos lo digan. Lo sabemos.
Aunque nadie recuerde el rostro de la chica que vivía y corría más deprisa que el bueno de Glen. Ni el semblante del padre de la hija de Markéta. No va a importar. Es igual.

Es esa manera de presentar a los personajes, con naturalidad, con anhelos, con fobias, con dificultades…, la que hace que caigamos en la inmersión profunda en la película. Eso y una banda sonora lúcida y lucida, superlativa. No cinematográfica, sino “de cine”.
Las canciones no nos conducen a ninguna parte, nos inyectan. Nos llenan.
Como el “Falling Slowly” a dúo del comienzo, o “When your mind’s made up” en el estudio de grabación.
Así no extraña que un día, entre galantes hombres de riguroso luto y pavisosas mujeres de picos pardos, aparecieran estos dos robándole protagonismo a Beyoncé y a quien se pusiera delante, y con una guitarra rota en la mano, recogieron un Oscar por una canción construída con pedacitos de muchas vidas. Las de aquellos que se emocionaron.
Una vez.


El cine independiente ya cuenta con su perfecto musical, grabado casi en su totalidad con cámara al hombro, bajo el cielo nublado, y con una historia de amor no resuelta (o quizá sí, clausurada en checo) que nos deja un ratito para la reflexión.

Se conoce que, a pesar de todo, la corneta no ha de desmerecer en nada, y parece claro pues que se puede tocar una preciosa balada triste de corneta sin necesidad de sacar el lustre. Que son los propios dedos los que dan punzadas al aire y conmueven al trompetista. ¡Larga vida al latón!

Lo que vale un peine

(THIS IS ENGLAND, Shane Meadows, 2006 )

¡Cuánto habría pagado por tener una madre como Cynth, que se llevara dabuten con mis colegas gamberros! Que me dejara ir con los mayores a destrozar casas abandonadas con mazos, o pelarme la chola, y darle a la hierba en canuto antes que a la Spectrum.
Sin embargo, a mí mi madre me limpiaba la cara con saliva. Y me repetía con énfasis la importancia de saber el precio de algo que iba a usar bien poco en el futuro: el peine.
Hubiera querido ser el hijo que ninguna madre quisiera tener. Y no al revés. Mola más.

La verdad es que sí, tíos, “This is England” me ha marcado. Estoy convencido.
En momentos como estos en los que vivimos situaciones difíciles, donde estamos continuamente cuestionandolo todo, a veces basta con escuchar una sola nota de piano.

En tiempos como aquellos, cuando piensas que un malnacido paki o un apestado negro te pueden hacer tragar la nuez, piensa a ver lo que puedes hacer tú por ti. Tú solo, ¿vale?
No digo romperle la cara a nadie, si no mirar una simple peli como esta y ver cómo un puñetero crío de 12 años (y skin) le tiene miedo al primer contacto físico con su chica.
Miedo, sí. Y mirarle a la cara y poder reírte. Sin pensar en más. ¡Deja a los otros en paz!
O notar cómo fluye tu emoción a lo largo de una melodía por encima del filo de un puñal. Con eso ya habrás vencido. Habrás conseguido lo que “This is England”. Ganar.


Porque el orgullo no se gana ni se destruye, se acumula como la saliva en la boca. Pero no vale para nada. Ante eso no tienes otra posibilidad que escupirlo lejos para lograr una última oportunidad de tener razón. Es tu única posibilidad para decir una sola palabra más, una que merezca ser escuchada. Esa palabra que nunca escucharás decir a Combo.
“This is England” es una película efervescente, que fascina mirar mientras se deshace en el agua en millones de burbujitas dentro del vaso, mientras la tomas. Y te hace el efecto.
El verdadero drama está aquí. Dentro de ti. Y la película actúa como buen expectorante.
Tragarte todo el odio y no ser capaz de expulsarlo con una bonita flema no es sano.

Es cierto que he venido a ver esta película prejuicioso (“una peli de skins”), y pensando en lo de que los chicos no lloran. Pero no es verdad. Las lágrimas saben dulces a veces.  
Es una magnífica forma de depurar todo lo malo que llevas dentro.
Y no me ha sentado mal. He estado muy cómodo con ellos. Mis amigos, sin duda.
Pensaba que iba a ver la típica gracieta de un grupo de chalados skinheads a los que les ríes la gracia en el cine y les patearías el mentón en la calle. Pero esta vez no ha sido así.

Porque como todos, he sufrido con Milky, y ¡sí!, también yo he querido besarle en la boca a la tía del maquillaje perfecto del sofá de al lado. Sí, Smell, ¡Te Quiero!
Y por eso ahora quiero llamar a Woody para saber cómo está. Y decirle a Lol que sí olvidará ese mal trago. Y pasaré la noche añorando las Doc Martens que nunca tuve...
Porque quiero pensar que lo que yo crea y lo que ellos crean, es tan solo un accesorio. Un elemento articulable. Y que así, (de este modo sí), esto es Inglaterra.
Ya lo sé, como lo saben todos, que una bandera es solo un pedazo de tela. Que nunca levantó por sí sola una casa, y nunca quiso a una chica, como tú y yo podemos hacerlo.